Limpiando recuerdos
Le vi por casualidad una mañana de domingo. Los paseantes miraban curiosos, pero ninguno paraba. Se llamaba Antonio Martínez. A sus ochenta y cinco años, se sentaba todas las mañanas a tejer sus gorros y boinas a la vera del Arga. Con un banco y un pequeño tejadillo de madera creaba su propio puesto de venta y al mismo tiempo, se cobijaba los días de lluvia. A sus pies, un cartel de letra temblorosa: “Gorros por cuatro, cinco y siete euros”. No sé por qué me acerqué. Quizá me inspiró ternura, tan mayor, tan solo. O tal vez supuse que, como tantos otros abuelos, aquel hombre tenía mucho que decir y pocos a quienes contarlo.
“Están muy bien”, comenté refiriéndome a sus gorros. Cosía uno rojo de lana. Él, sorprendido, me miró en silencio con su cara arrugada y siguió su trabajo. De normal no soy tan pesada, pero hice un segundo intento por hacerle hablar. “Está bonito, ¿eh?”, le dije señalando al río. Hacía sol y en esa zona próxima a Burlada el agua del Arga brillaba. “Sí, bonito y sucio”, me dijo muy serio.
En las márgenes del río, los patos esquivaban papeles, dos bolsas de plástico y una lata de Coca-Cola de alguien tan estúpido que ignoraba la existencia de algo llamado “papelera”. “De niño me encantaba bañarme con los amigos. El agua estaba muy fría, pero lo pasábamos muy bien”, me empezó a contar Antonio. Conversar sobre el Arga le despertó de su obligado letargo y estuve un rato escuchando sus preocupaciones. “Lo limpiaron hace unos años, pero parece que ahora se les ha olvidado”. Al final, le compré uno de sus gorros.
Con el Plan Integral del Río Arga se ha mejorado mucho. Uno puede pasear durante tres horas con el discurrir del agua de fondo y sentir que está lejos de la ciudad, oler a campo. Pero sigue habiendo vertidos de hidrocarburos junto al Puente de Burlada; aguas negras y residuales en la Magdalena y en el Puente del Plazaola; aguas fecales en Santa Engracia y zonas contaminadas por el Matadero y los lixiviados (un líquido negro y maloliente que se desprende de la materia orgánica degradada) del vertedero de Aranguren.
Para los que no entendemos de residuos tóxicos, el río simplemente viste un color verduzco, como si alguien acabara de limpiar un pincel en sus aguas y las hubiera dejado turbias. A uno se le quitan las ganas de bañarse en él. La “Cultura del Arga” de la que algunos hablan se pierde entre la basura. Cuarenta años atrás, la gente iba al río a pasar la tarde, a bañarse y a pescar. Ahora los domingos, los padres llevan a sus hijos a los centros comerciales.
Con la primavera, las huertas que rodean al Arga a su paso por Pamplona se librarán de los toldos blanquecinos y mostrarán los tomates y las lechugas. A poca distancia, en el centro de la ciudad, los pamploneses vivirán con rapidez y descuido, olvidando que tienen a sus pies un tesoro fluvial de historias y recuerdos. Y Antonio seguirá tejiendo en soledad, lamentándose cada vez que mire a su río y lo vea igual de sucio. Hay que limpiarlo. Aunque sólo sea por Antonio.