Facebook Twitter Google +1     Admin

Limpiando recuerdos

Le vi por casualidad una mañana de domingo. Los paseantes miraban curiosos, pero ninguno paraba. Se llamaba Antonio Martínez. A sus ochenta y cinco años, se sentaba todas las mañanas a tejer sus gorros y boinas a la vera del Arga. Con un banco y un pequeño tejadillo de madera creaba su propio puesto de venta y al mismo tiempo, se cobijaba los días de lluvia. A sus pies, un cartel de letra temblorosa: “Gorros por cuatro, cinco y siete euros”. No sé por qué me acerqué. Quizá me inspiró ternura, tan mayor, tan solo. O tal vez supuse que, como tantos otros abuelos, aquel hombre tenía mucho que decir y pocos a quienes contarlo.

 

“Están muy bien”, comenté refiriéndome a sus gorros. Cosía uno rojo de lana. Él, sorprendido, me miró en silencio con su cara arrugada y siguió su trabajo. De normal no soy tan pesada, pero hice un segundo intento por hacerle hablar. “Está bonito, ¿eh?”, le dije señalando al río. Hacía sol y en esa zona próxima a Burlada el agua del Arga brillaba. “Sí, bonito y sucio”, me dijo muy serio.

 

En las márgenes del río, los patos esquivaban papeles, dos bolsas de plástico y una lata de Coca-Cola de alguien tan estúpido que ignoraba la existencia de algo llamado “papelera”. “De niño me encantaba bañarme con los amigos. El agua estaba muy fría, pero lo pasábamos muy bien”, me empezó a contar Antonio. Conversar sobre el Arga le despertó de su obligado letargo y estuve un rato escuchando sus preocupaciones. “Lo limpiaron hace unos años, pero parece que ahora se les ha olvidado”. Al final, le compré uno de sus gorros.   

 

Con el Plan Integral del Río Arga se ha mejorado mucho. Uno puede pasear durante tres horas con el discurrir del agua de fondo y sentir que está lejos de la ciudad, oler a campo. Pero sigue habiendo vertidos de hidrocarburos junto al Puente de Burlada; aguas negras y residuales en la Magdalena y en el Puente del Plazaola; aguas fecales en Santa Engracia y zonas contaminadas por el Matadero y los lixiviados (un líquido negro y maloliente que se desprende de la materia orgánica degradada) del vertedero de Aranguren. 

 

Para los que no entendemos de residuos tóxicos, el río simplemente viste un color verduzco, como si alguien acabara de limpiar un pincel en sus aguas y las hubiera dejado turbias. A uno se le quitan las ganas de bañarse en él. La “Cultura del Arga” de la que algunos hablan se pierde entre la basura. Cuarenta años atrás, la gente iba al río a pasar la tarde, a bañarse y a pescar. Ahora los domingos, los padres llevan a sus hijos a los centros comerciales.

 

Con la primavera, las huertas que rodean al Arga a su paso por Pamplona se librarán de los toldos blanquecinos y mostrarán los tomates y las lechugas. A poca distancia, en el centro de la ciudad, los pamploneses vivirán con rapidez y descuido, olvidando que tienen a sus pies un tesoro fluvial de historias y recuerdos. Y Antonio seguirá tejiendo en soledad, lamentándose cada vez que mire a su río y lo vea igual de sucio. Hay que limpiarlo. Aunque sólo sea por Antonio.

 

05/04/2006 18:45 proximaestacion Enlace permanente. sin tema Hay 2 comentarios.

Misterios de las microondas

O naces con un don especial para las tecnologías o el mundo se te complica por momentos. Yo creía tener suficiente con los ordenadores, pero últimamente los móviles no se están quedando atrás. El otro día fui a comprarme uno y me apresuré a pedir: “El más sencillo, por favor”. Por fortuna, me libré de salir con móvil, cámara digital, Internet, televisión y GPS incorporado, que luego no sabría  utilizar. 

 

En los últimos diez años, el móvil ha pasado de ser un complemento más del atuendo de empresarios de corbata y prisas, a bien de dominio público. El 90% de los españoles tiene uno y el número total de móviles en nuestro país duplica al de teléfonos fijos. Pero además de la cantidad, también han aumentado los usos que se le dan. Uno no lleva un móvil sólo para llamar cuando se queda tirado en la carretera o perdido en el monte. Se pueden hacer muchas más cosas y las creemos útiles. La última, un móvil que se activa en los restaurantes y te dice si tus amigos están a menos de un kilómetro a la redonda para llamarles y cenar con ellos. De locos. 

 

Con esto de los celulares se ha creado un lenguaje especial, no sólo en mensajes escritos (“k qesta muxas vecs ntender”), sino también para las dichosas llamadas perdidas. Mis amigas son aficionadas y no me ha quedado otra que aprender a descifrarlas. Están las del tipo “me acuerdo de ti” (¿hay algo más frío para mostrar sentimientos que un móvil?); las de “he recibido tu mensaje” o “Maite, te estoy esperando. Llegas tarde como siempre”. Pero sin duda las que más odio son las que se repiten unos cuantos segundos después: “No tengo saldo, llámame tú”.

 

Aunque las “perdiditas” sean gratuitas, yo cada vez gasto más sin darme cuenta y me he habituado a llevar el móvil siempre en el bolsillo si no lo tengo pegado a la oreja. Por eso prefiero no pensar en esas investigaciones que dicen que las emisiones electromagnéticas de los celulares son perjudiciales para la salud. “Las microondas del móvil provocan alzheimer, cataratas, insomnio y fuertes dolores de cabeza”, leí el otro día. En teoría no hay nada confirmado o no se quiere confirmar, porque lo del móvil es todo un negocio. Se venden fundas para que no se nos estropee el móvil, carcasas de todos los colores o nos bombardean con el “pon en tu móvil tono o politono”.

 

Sea malo o no, ya se vende por veinte euros en las farmacias un aparato pequeño y gris que se coloca en el móvil y absorbe las microondas dañinas que giran a nuestro alrededor. Mi amiga Andrea, siempre a la última, ya lo tiene. Yo usaré los veinte euros para recargar el saldo, pero por si acaso no me voy a despegar de Andrea. Ahora les dejo, que tengo una llamada. 

 

05/04/2006 18:40 proximaestacion Enlace permanente. sin tema Hay 2 comentarios.

Objetivos de nadie

La campaña “0,7%, ya” resonó con fuerza en 1994 por toda España. Yo era una niña, pero conservo un ligero recuerdo. Una imagen difusa de tiendas de campaña en los jardines del Paseo Sarasate, donde mi hermano mayor y mucha gente más iban a pasar la noche por algo que tardé varios años en entender.

 

Si hoy preguntas por la calle qué es eso del 0,7%, a la gente le suena, aunque no entienda los aspectos más técnicos y le importe poco si se habla del  porcentaje aplicado al PNB, al PIB o a qué. En cambio, en plena campaña internacional de “Pobreza Cero”, casi nadie sabe de qué va eso. La propuesta surgida en el 2000 tiene un plazo límite y parece que el 2015 va a llegar antes de que la gente sepa siquiera de qué se trata.

 

No dudo de que la insuficiente publicidad favorece el desconocimiento, pero me parece excesivo que un 72 % de los españoles no haya escuchado jamás eso de “ los Objetivos del Milenio”. Qué sorpresa se llevarían algunos si llegan a cumplirse. Imagínense un mundo donde nadie pasara hambre y todos tuvieran acceso a la educación primaria; con igualdad de género; en el que se hubiese reducido a la mitad la mortalidad infantil y mejorado la salud materna; donde se combatiera el sida y otras enfermedades o en el que la sostenibilidad ambiental estuviera garantizada. Imagínense todo eso para dentro de nueve años... Imagínenselo ustedes, que yo no sé si puedo.

 

Escuché explicar a Pablo Martínez Osés, coordinador de la campaña hasta el año pasado, cómo los ocho objetivos se pueden cumplir tanto económica como técnicamente, pero que falta voluntad política. Falta voluntad política, sí; pero también se necesita que todo el mundo conozca esos acuerdos para que puedan exigirse. Si no, no es posible ningún cambio. La manifestación de diciembre en Pamplona a favor de la campaña Pobreza Cero fue todo menos multitudinaria. A mi alrededor, oí decir a un incansable miembro de una ONGD: “Es por el mal tiempo”. Me pregunto si tres meses después y con sol, nos juntaríamos de nuevo tan sólo cien pamploneses para pedir que los Objetivos no se queden en palabras bonitas. 

 

Preferiría incluso que la gente saliera a la calle a gritar en contra de la propuesta a este silencio. Al menos habría debate y demostraríamos nuestro malestar ante promesas que se hacen y luego no se cumplen. Pero hay mucho desconocimiento y demasiada comodidad. No sólo se trata de una cuestión de justicia. En las Cumbres Internacionales donde se reúnen los políticos, además de sacarse la foto, de vez en cuando firman acuerdos importantes. No nos estamos enterando o, peor aún, cuando sabemos de qué van, no hacemos nada por exigir que se cumplan.

 

Me gustaría vivir algo así en primera persona. Una noche entre amigos y desconocidos en tiendas de campaña, pasando frío por algo que vale la pena. Vistas las motivaciones actuales, quizá haya que proponer algo así como “el botellón solidario”. Para eso sí que sabemos juntarnos.

 

05/04/2006 18:39 proximaestacion Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Siete buenas vidas

Se llamaba Sucky. Llegó a la familia de mi tía un par de años antes de que yo naciera y creció, sobre todo a lo ancho, rodeado del cariño de mis tíos y mis primos. Recuerdo el día en que mi tía nos llamó a casa muy apurada y nos dijo llorando que Sucky estaba ingresado porque le habían detectado una diabetes. Desde entonces, a su mantenimiento habitual, hubo que sumarle la insulina, y con el tiempo, Sucky tuvo que entrar en quirófano en dos ocasiones por una complicación en el riñón.

 

En mi casa, la noticia de su enfermedad nos sorprendió e incluso nos hizo gracia, porque desconocíamos que los gatos pudieran padecer de diabetes. Sí, Sucky era un gato. Tenía un pelaje oscuro grisáceo y era tan gordo que casi no se podía mover. Me llamaba la atención su naricilla rosada que nunca dejaba tocar y un curioso tic en su oreja derecha. Si no fuera porque siempre pasaba indiferente ante todos y nos miraba impasible, tal vez le hubiera librado de la etiqueta de “arisco” que muchos gatos llevan injustamente (ya digo que este no es el caso).

 

Eso sí, era el alma de la familia y le trataban como tal. Sucky vivía en una cómoda casa de edredón con dibujos de gatos en la colcha, dormía sobre el radiador todo el día y sólo estiraba sus diminutas patitas para hacer uso de su baño particular (una enorme caja llena de piedras Goti Cat) o para comer las galletas Miau que le esperaban en la cocina. Mirándole, uno comprendía por qué dicen que los gatos pueden vivir siete vidas. Mis parientes  estabas locos con él y mi tía decía que era como un hijo. Yo le miraba perpleja cuando le hablaba con grandes aspavientos como si el gato pudiera entenderla, pero me daba pena quitarle la ilusión haciéndole ver que, dijera lo que dijera, Sucky no cambiaba de cara.

 

Tal vez el hecho de que yo nunca haya tenido un animal en casa me haga más insensible a este tipo de situaciones. No es que esté en contra de tener animales en casa, pero en ciertos momentos siento que tanto cuidado roza la frivolidad. Cuando voy por la calle, por ejemplo, y veo un perro disfrazado de escocés con una manta de cuadros, no puedo evitar preguntarme en qué estaba pensando el dueño al ponérsela.

 

Sucky murió hace un par de meses. “De viejo”, le dijo el veterinario a mi tía, que se consumía en lágrimas. Hoy su foto sigue presidiendo el salón, como alguien importante, como un gato importante; y yo a veces siento que me mira. Sus redondos ojos me recriminan, porque sabe que pienso que el cuidado de los animales tiene un límite. Que no será justo que tratemos a los gatos, los perros y a todo ser vivo sin uso de razón como a  reyes, mientras no nos hagamos cargo de personas de carne y hueso que no tienen ni dónde vivir. ¿He dicho que me observa? Creo que paso demasiado tiempo con mi familia.

05/04/2006 18:37 proximaestacion Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Conductores de oro

Es mi cuarto intento. Cuando ya he perdido el beneplácito de “a la tercera va la vencida”, abro el manual de “Aprender a Conducir” y pienso: “Esta vez sí”. Comienzo por el tema uno, “Definiciones de vehículos”, y me entretengo mirando las fotografías. “Es infumable”, pienso. Pero me obligo a mí misma a estudiar porque pagué una matrícula demasiado cara hace ya ni me acuerdo y, al parecer, el dichoso examen se va a complicar.


La teoría es importante, no lo dudo, aunque ahora mismo, por ejemplo, me importa bastante poco la diferencia entre un tractocamión y un tractocarro porque no tengo intención de conducir ninguno de los dos. Pero me preocupa más pensar, que dentro de unos meses, puede que forme parte de ese porcentaje que dice que el 67% de los españoles no sabe poner las cadenas al coche o del 72% de conductores que reconocen no estar preparados para conducir con nieve.


Con estas preocupaciones y alguna más, me monté el otro día en el coche de una amiga que hace ahora un mes que se ha sacado el carné. Con la ilusión del principiante por mirar el mundo con las manos puestas en un volante y ese miedo que suele sentir el copiloto que acompaña al conductor novel, nos dirigimos por la carretera nacional dirección Huesca. Nada más salir, tuvimos la suerte de toparnos con un camión enorme; concretamente, un vehículo articulado (página 25 del manual) que iba a 80 kilómetros por hora. Mi amiga, con cara de concentración, se asomaba de vez en cuando en un alarde de valentía extrema para ver si podía adelantar. Desechada la idea, se puso seria y me dijo: “A mí me han enseñado a aprobar un examen, no a conducir”. Temblé pensando con la posibilidad de aprobar el examen sabiendo tan sólo darles a los pedales y controlando la posición de los retrovisores.


Volví a casa pensativa. Las autoescuelas juegan con la seguridad de que el carné es algo que se necesita, pero 35 euros la hora, en mi pueblo y en todos, es un robo. La gente intenta hacer el menor número de horas posibles y sale a la carretera sin saber nada. Además, muchos profesores se esfuerzan tan sólo en enseñar cómo aprobar el examen, con lo que se llega al mismo resultado. Si no fuera tan caro, quizá no reduciríamos las clases prácticas a una cuestión de “a ver si gasto un poco menos”. No se aprende a conducir en veinte horas.


Estoy atascada desde hace rato en el tema uno. Quién sabe, con un poco de suerte y a este ritmo, tal vez bajen los precios de las clases prácticas para cuando me toque.

05/04/2006 18:36 proximaestacion Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Bienvenido

Ya tienes weblog.

Para empezar a publicar artículos y administrar tu nueva bitácora:

  1. busca el enlace Administrar en esta misma página.
  2. Deberás introducir tu clave para poder acceder.


Una vez dentro podrás:

  • editar los artículos y comentarios (menú Artículos);
  • publicar un nuevo texto (Escribir nuevo);
  • modificar la apariencia y configurar tu bitácora (Opciones);
  • volver a esta página y ver el blog tal y como lo verían tus visitantes (Salir al blog).


Puedes eliminar este artículo (en Artículos > eliminar). ¡Que lo disfrutes!

29/03/2006 11:13 Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.


Blog creado con Blogia.
Blogia apoya: Fundación Josep Carreras

Contrato Coloriuris