Conductores de oro
Es mi cuarto intento. Cuando ya he perdido el beneplácito de “a la tercera va la vencida”, abro el manual de “Aprender a Conducir” y pienso: “Esta vez sí”. Comienzo por el tema uno, “Definiciones de vehículos”, y me entretengo mirando las fotografías. “Es infumable”, pienso. Pero me obligo a mí misma a estudiar porque pagué una matrícula demasiado cara hace ya ni me acuerdo y, al parecer, el dichoso examen se va a complicar.
La teoría es importante, no lo dudo, aunque ahora mismo, por ejemplo, me importa bastante poco la diferencia entre un tractocamión y un tractocarro porque no tengo intención de conducir ninguno de los dos. Pero me preocupa más pensar, que dentro de unos meses, puede que forme parte de ese porcentaje que dice que el 67% de los españoles no sabe poner las cadenas al coche o del 72% de conductores que reconocen no estar preparados para conducir con nieve.
Con estas preocupaciones y alguna más, me monté el otro día en el coche de una amiga que hace ahora un mes que se ha sacado el carné. Con la ilusión del principiante por mirar el mundo con las manos puestas en un volante y ese miedo que suele sentir el copiloto que acompaña al conductor novel, nos dirigimos por la carretera nacional dirección Huesca. Nada más salir, tuvimos la suerte de toparnos con un camión enorme; concretamente, un vehículo articulado (página 25 del manual) que iba a 80 kilómetros por hora. Mi amiga, con cara de concentración, se asomaba de vez en cuando en un alarde de valentía extrema para ver si podía adelantar. Desechada la idea, se puso seria y me dijo: “A mí me han enseñado a aprobar un examen, no a conducir”. Temblé pensando con la posibilidad de aprobar el examen sabiendo tan sólo darles a los pedales y controlando la posición de los retrovisores.
Volví a casa pensativa. Las autoescuelas juegan con la seguridad de que el carné es algo que se necesita, pero 35 euros la hora, en mi pueblo y en todos, es un robo. La gente intenta hacer el menor número de horas posibles y sale a la carretera sin saber nada. Además, muchos profesores se esfuerzan tan sólo en enseñar cómo aprobar el examen, con lo que se llega al mismo resultado. Si no fuera tan caro, quizá no reduciríamos las clases prácticas a una cuestión de “a ver si gasto un poco menos”. No se aprende a conducir en veinte horas.
Estoy atascada desde hace rato en el tema uno. Quién sabe, con un poco de suerte y a este ritmo, tal vez bajen los precios de las clases prácticas para cuando me toque.
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