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Siete buenas vidas

Se llamaba Sucky. Llegó a la familia de mi tía un par de años antes de que yo naciera y creció, sobre todo a lo ancho, rodeado del cariño de mis tíos y mis primos. Recuerdo el día en que mi tía nos llamó a casa muy apurada y nos dijo llorando que Sucky estaba ingresado porque le habían detectado una diabetes. Desde entonces, a su mantenimiento habitual, hubo que sumarle la insulina, y con el tiempo, Sucky tuvo que entrar en quirófano en dos ocasiones por una complicación en el riñón.

 

En mi casa, la noticia de su enfermedad nos sorprendió e incluso nos hizo gracia, porque desconocíamos que los gatos pudieran padecer de diabetes. Sí, Sucky era un gato. Tenía un pelaje oscuro grisáceo y era tan gordo que casi no se podía mover. Me llamaba la atención su naricilla rosada que nunca dejaba tocar y un curioso tic en su oreja derecha. Si no fuera porque siempre pasaba indiferente ante todos y nos miraba impasible, tal vez le hubiera librado de la etiqueta de “arisco” que muchos gatos llevan injustamente (ya digo que este no es el caso).

 

Eso sí, era el alma de la familia y le trataban como tal. Sucky vivía en una cómoda casa de edredón con dibujos de gatos en la colcha, dormía sobre el radiador todo el día y sólo estiraba sus diminutas patitas para hacer uso de su baño particular (una enorme caja llena de piedras Goti Cat) o para comer las galletas Miau que le esperaban en la cocina. Mirándole, uno comprendía por qué dicen que los gatos pueden vivir siete vidas. Mis parientes  estabas locos con él y mi tía decía que era como un hijo. Yo le miraba perpleja cuando le hablaba con grandes aspavientos como si el gato pudiera entenderla, pero me daba pena quitarle la ilusión haciéndole ver que, dijera lo que dijera, Sucky no cambiaba de cara.

 

Tal vez el hecho de que yo nunca haya tenido un animal en casa me haga más insensible a este tipo de situaciones. No es que esté en contra de tener animales en casa, pero en ciertos momentos siento que tanto cuidado roza la frivolidad. Cuando voy por la calle, por ejemplo, y veo un perro disfrazado de escocés con una manta de cuadros, no puedo evitar preguntarme en qué estaba pensando el dueño al ponérsela.

 

Sucky murió hace un par de meses. “De viejo”, le dijo el veterinario a mi tía, que se consumía en lágrimas. Hoy su foto sigue presidiendo el salón, como alguien importante, como un gato importante; y yo a veces siento que me mira. Sus redondos ojos me recriminan, porque sabe que pienso que el cuidado de los animales tiene un límite. Que no será justo que tratemos a los gatos, los perros y a todo ser vivo sin uso de razón como a  reyes, mientras no nos hagamos cargo de personas de carne y hueso que no tienen ni dónde vivir. ¿He dicho que me observa? Creo que paso demasiado tiempo con mi familia.

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